Cristian González
Líder juvenil
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Ser joven está íntimamente ligado a la exposición al conflicto, un conflicto que, al contrario de ser cómplice de la violencia, ha sido la forma a través de la cual se han manifestado las injusticias en busca de transformación social. Para comprender la epistemología del “conflicto” desde la realidad viva de las calles de la ciudad de Manizales, primero se debe comprender que, además de ser el primer paso hacia la violencia, la conflictividad emerge en las vidas jóvenes desde las desigualdades en el acceso a una vida digna, desde las barreras invisibles de los barrios vulnerabilizados por el sistema, desde la crisis de salud mental y desde la rivalidad que surge de la politización instrumentalizada de las problemáticas sociales.
Aquel conflicto (aún sin tramitarse) ha causado una dilatación administrativa, institucional y social en el camino hacia la construcción de paces en los territorios. Así, en el sistema neoliberal actual, los jóvenes de la ciudad de Manizales se han visto intervenidos por la lógica de la sobreexplotación de los cuerpos y de la individualización de la vida común; en este contexto social coexisten diversas juventudes de diferentes territorios de Colombia que reflejan en Manizales posibilidades de futuro. En razón de lo anterior, la crisis de la salud mental, además de ser una problemática de salud pública, es también un asunto biopolítico en el que influyen la falta de identidad con el territorio, la presión por la construcción sólida de un proyecto académico y laboral, y una ciudad que aún tiene retos en la inclusión de las voces jóvenes en la toma de decisiones.
(...) en las performatividades culturales y en la colectividad los jóvenes han encontrado en su “sujeto político” alternativas para la construcción de paz desde sus territorios.
Lo “institucional” en Manizales ha trascendido en el imaginario de los ciudadanos, por diferentes generaciones, como una estructura fuerte, sólida e intransgredible. En este escenario, donde la norma y el control social están por encima de lo participativo, los jóvenes han identificado un espacio sensible a la manifestación del conflicto; en tal contexto, en el que los jóvenes experimentan el conflicto desde la institucionalidad, no se refleja ninguna situación problemática. Antes bien, es allí donde se debe instar al debate y a la contraposición, con el fin de proteger la democracia; sin embargo, los jóvenes, haciendo uso de su autonomía y posicionamiento político, no han encontrado habilidades de negociación, diálogo y transición al acuerdo.
En las realidades de las juventudes manizaleñas, la presencia permanente del conflicto no ha significado la ausencia de la paz, pues en las performatividades culturales y en la colectividad los jóvenes han encontrado en su “sujeto político” alternativas para la construcción de paz desde sus territorios. Aquella construcción de paz surge desde lo más íntimo y popular de las comunidades, de los combos, de las barras y de los movimientos políticos, cuando los jóvenes ven en la juntanza y en la complicidad la posibilidad de transitar la violencia y la frustración lejos del escenario institucional.
Aquel “sujeto político” se configura en el joven desde sus experiencias, desde lo que le acontece en sus contextos y realidades más próximas: en el barrio, en la cancha y/o en la cuadra. Con todo, lo político es visto como una posibilidad de posicionarse, de reconocer la realidad en la que se nace, se crece y, posterior a ello, se crea la necesidad de defenderse del Otro, del sistema o de su propio entorno. Por consiguiente, se evidencia que es este “sujeto político” quien termina por poner su cuerpo en esa “política del voto”, de la campaña y de la elección, en la cual el joven manizaleño se ha visto fortalecido y ha logrado una mayor incidencia en los últimos años.
El joven debe atrincherarse aun cuando el conflicto no le pertenece, lo que hace que deba asumir responsabilidad en aquello que otros produjeron. Esta responsabilidad es social; por ello, en Manizales hay un gran número de formas en las que los jóvenes buscan la paz: en el atrincheramiento con el otro y, al mismo tiempo, en su contra. El fin último de todo lo que los jóvenes hacen en Manizales es la paz: desde el partido en la cancha del barrio hasta la creación de movimientos políticos; desde el acceso a la educación hasta el barrismo; desde la protección del Nevado hasta la lucha por los derechos de las comunidades sexualmente diversas.
En suma, para el joven, la búsqueda de la paz es encontrar un lugar, algo que por fin es propio, algo que nadie le puede arrebatar. Ni siquiera una bala.