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Quibdó, Chocó

Después del terremoto, cuidar es una tarea colectiva

Créditos de la fotografía: Kamy Santos

Después del terremoto, cuidar es una tarea colectiva

Kamy

Julio César Rodríguez

Trabajador Social // Consejero Municipal de Juventud de Quibdó // Líder Juvenil y Comunitario // Miembro activo de UNIDOS HACEMOS MÁS

/ @kamy_santos04

Tengo 23 años y soy un joven quibdoseño. Viví el terremoto con miedo, incertidumbre y mucha angustia. Como muchas otras personas, pensé en mi familia, en mi comunidad y en la posibilidad de que la emergencia pudiera repetirse. La casa donde me crié sufrió afectaciones y todavía cargo con esa preocupación. A veces no duermo bien del todo. Cada sonido, cada llamada al celular, puede volver a activar el temor.

Pero, en medio de todo lo que hemos vivido, también he encontrado refugio en mi fe. Creo firmemente que Dios no ha sido ajeno a nuestro dolor. Incluso en medio de esta prueba, he sentido un llamado profundo a buscarlo más, a acercarnos a él y a confiar fielmente en sus propósitos, aun cuando no entendamos muchas de las cosas que están ocurriendo. Hoy, después del terremoto, creo que Dios también nos está recordando que no podemos caminar solos y que, como comunidad, necesitamos volver a cuidarnos, a amarnos y a sostenernos unos a otros.

Porque, en medio de todo eso, también vi algo muy poderoso: la capacidad de reacción y solidaridad de nuestra gente.

Durante los primeros días, cuando se fue la energía y la señal del teléfono y era difícil incluso hacer circular información, vi a jóvenes organizarse, compartir lo que sabían, apoyar a familias y movilizarse para atender las necesidades más urgentes. Vi colegios y colectivos sumarse. Vi una juventud que no es solamente “el futuro”, sino una fuerza activa capaz de responder cuando el territorio atraviesa uno de sus momentos más difíciles.

Necesitamos juventudes solidarias, pero también críticas. Jóvenes capaces de acompañar a quienes están afectados, de cuidar los recursos públicos y de permanecer cuando pase la atención inmediata.

— Julio César Rodríguez

Desde UNIDOS HACEMOS MÁS hemos estado haciendo justamente eso. Hemos escuchado a las comunidades, nos hemos articulado con otras organizaciones e identificado necesidades, tratando de que la ayuda llegue a quienes realmente la necesitan. Porque una emergencia como esta deja claro que ayudar no es solamente llevar una donación.

No todos los jóvenes tienen dinero para aportar, pero todos podemos tener algo que ofrecer: tiempo, conocimiento, capacidad de comunicación, liderazgo, escucha y acompañamiento. Hay jóvenes que pueden movilizar recursos; otros pueden organizar información; otros pueden acompañar emocionalmente; otros pueden conectar a una familia con una institución o una organización.

Por eso creo que una de las primeras cosas que debemos hacer es organizarnos.

Cuando cada persona actúa por su cuenta, los esfuerzos pueden duplicarse: algunas familias reciben muchas ayudas y otras quedan olvidadas. Esto ocurre especialmente en sectores periféricos de Quibdó, donde incluso hay personas que sienten temor de entrar por razones de seguridad. Por eso no basta con tener buenas intenciones: se necesita corazón, pero también organización.

También necesitamos escuchar antes de actuar.

A veces llegamos creyendo que sabemos qué necesita una comunidad, cuando lo primero debería ser preguntarle: ¿qué hace falta realmente?, ¿qué es urgente?, ¿cómo podemos ayudar sin generar daño? La solidaridad no puede convertirse, para algunas personas, en una oportunidad para ganar seguidores en redes sociales, obtener protagonismo político o utilizar el dolor de los demás.

Ayudar también implica hacerlo con respeto, dignidad y responsabilidad. Y hay algo que considero fundamental: nuestra participación no puede terminar cuando se entreguen las ayudas.

La recuperación de Quibdó va a tomar tiempo. Muchas familias van a necesitar revisión de sus viviendas, apoyo económico, acompañamiento psicosocial e información clara. La salud mental va a seguir siendo un tema importante durante semanas y meses. En el territorio estamos afectados materialmente, pero también emocional y espiritualmente.

Por eso los jóvenes también tenemos que asumir un papel de seguimiento y veeduría. Tenemos que preguntarnos qué va a pasar con los recursos que lleguen, cómo se van a ejecutar, qué comunidades van a ser priorizadas y si las promesas hechas públicamente realmente se cumplen.

Si se habla de reconstruir escuelas, recuperar espacios educativos o destinar recursos para atender a las personas afectadas, las juventudes tenemos que estar ahí. Tenemos que tomar la vocería, participar en los espacios de diálogo, documentar las necesidades y exigir que todo se haga de puertas abiertas. Cuidar lo público también es una forma de ayudar después de una emergencia.

Las instituciones, además, tienen que entender que los colectivos juveniles no somos solamente beneficiarios de sus decisiones. Somos actores y constructores del territorio. Estamos en los barrios, conocemos a las comunidades, tenemos redes y, muchas veces, las personas confían más en nosotros que en la institucionalidad. No queremos que nos convoquen solamente para una fotografía. Queremos que aprovechen el conocimiento y la conexión que tenemos con nuestras comunidades.

También hemos encontrado apoyo fuera del territorio. Psicólogos, trabajadores sociales y otras personas con conocimientos específicos han ofrecido asesorías y acompañamiento virtual. Eso demuestra que no es necesario estar físicamente en Quibdó para aportar. Desde donde estén, muchas personas pueden ayudar a disminuir la ansiedad, orientar procesos y fortalecer las capacidades de quienes estamos aquí.

Como trabajador social y líder del territorio, pero también como un joven que cree profundamente en Dios, si pudiera decirles algo a otros jóvenes de Quibdó y de Colombia que quieren ayudar, sería que no subestimen el poder de la solidaridad colectiva ni el poder de la fe. Las crisis nos recuerdan que somos frágiles, que no siempre tenemos el control y que nunca estaremos completamente preparados para todo. Pero también nos recuerdan que, cuando una comunidad se une, puede levantarse con más fuerza. Y, para quienes creemos, nos recuerdan algo aún más profundo: que incluso en medio de las pruebas no estamos solos.

Quizás no tenemos todas las respuestas. Quizás todavía sentimos miedo. Quizás muchos seguimos preguntándonos qué pasará mañana. Yo, en medio de esa incertidumbre, he decidido confiar en Dios y encontrar en mi fe la fortaleza para seguir adelante.

Por eso, para esta etapa, me quedo con tres acciones: organizarnos y unirnos; escuchar antes de actuar; y hacer seguimiento a las ayudas y a la recuperación.

Necesitamos juventudes solidarias, pero también críticas. Jóvenes capaces de acompañar a quienes están afectados, de cuidar los recursos públicos y de permanecer cuando pase la atención inmediata.

Porque la reconstrucción no puede ser solamente material. También tenemos que reconstruir el tejido social y comunitario que caracteriza al Chocó y atender esa dimensión espiritual que, para muchos de nosotros, también ha sido golpeada. Tenemos que volver a encontrarnos, cuidarnos y sostenernos.

Salir a ayudar también nos ayuda a nosotros. Nos permite sentir que no estamos solos, canalizar parte de la ansiedad y convertir el miedo en acción colectiva. Después del terremoto, quedarse, acompañar y trabajar para que nuestra gente se recupere con dignidad también es una forma de liderazgo, de amor y de fe. Para mí, la fe es también una forma de sostenerme cuando siento que todo se mueve, una manera de recordar que Dios sigue siendo mi roca y que, mientras tengamos esperanza, Quibdó seguirá encontrando fuerzas para levantarse.

Después del terremoto, cuidar es una tarea colectiva.