Ana Baquero
Líder juvenil
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Las preguntas más frecuentes que escuchamos todos los días son “¿Cómo estás? ¿Cómo vamos? ¿Qué tal?”. Sin embargo, pocas veces esperamos una respuesta honesta, pues “estoy bien y ¿tú?” se ha convertido en la respuesta automática. Incluso cuando atravesamos un nudo de emociones, preferimos ocultarlo por miedo a incomodar, parecer exagerados o preocupar a quienes nos rodean.
Hemos aprendido que mostrarnos vulnerables es una señal de debilidad. En lugar de permitirnos sentir o hablar de lo que nos ocurre, optamos por distraernos con la esperanza de evitar afrontar la carga que llevamos tanto tiempo. Lo hacemos porque hemos normalizado la idea de que soportarlo todo es una muestra de fortaleza y de perseverancia, que crea una “sociedad más fuerte”. Sin darnos cuenta, hemos confundido perseverar con aguantar, una creencia que nos aleja de reconocer nuestras emociones y buscar apoyo cuando más lo necesitamos.
También yo crecí con la idea de que si algún día alzaba la voz y hacía ver lo que me incomodaba o molestaba, iba a ser una carga para los demás, pensaba que no era prudente expresarlo. Esta forma de enfrentar lo que sentía terminó convirtiéndose en una acumulación de emociones sin gestionar, dado que minimizaba cada situación que “no era para tanto”. Esto hizo que perdiera la confianza en mí misma por no saber cómo comunicarme y en los demás, porque sentía que no me querían escuchar. En ese momento no me di cuenta de mi error, pero con el tiempo las consecuencias empezaron a aparecer. Así fue como a mis trece años fui diagnosticada con gastritis, la cual se fue desarrollando hasta convertirse en un caso severo. Al principio nadie entendía cómo sucedió, ya que siempre fui alguien que se alimentaba bien y hacía ejercicio, hasta que empecé a notar que cada vez que me guardaba una emoción muy intensa, me empezaba a doler fuertemente el estómago. Fue cuando me di cuenta de que no le prestamos la misma atención al dolor físico que al mental, que muchos, hasta que manifestamos un dolor en el cuerpo, nos damos cuenta de que hay algo en nosotros que no está bien.
Esta situación cambió cuando me mudé a Armenia, una ciudad donde los jóvenes tenemos mucho que decir y, por lo mismo, luchar. Ahí conocí a Young Gamechangers una iniciativa que me enseñó sobre el liderazgo juvenil. Un motor que me hizo aprender que mi voz sí importa y lo importante que era comunicar mis preocupaciones y no solo las mías, si no la de los jóvenes de mi territorio porque me di cuenta que no estoy sola, qué dolencias por las que yo paso muchos más jóvenes también lo hacen y que necesitan espacios seguros donde sientan lo importante que es que puedan expresarse sin sentir miedo de que los juzguen o invaliden, que puedan aprender herramientas de una buena gestión de salud mental, donde se aprenda el manejo del estrés de nuestra vida diaria y aprendemos nuevas habilidades para trabajar en los desafíos que nos enfrentemos, además de cultivar vínculos de apoyo en cuál podamos cobijarnos mutuamente.
Sin darnos cuenta, hemos confundido perseverar con aguantar, una creencia que nos aleja de reconocer nuestras emociones y buscar apoyo cuando más lo necesitamos.
De hecho, reconocer que las decisiones que se toman en los territorios tienen un impacto directo en nuestras vidas nos llevó a entender que no basta con que las juventudes sean tenidas en cuenta: también necesitamos espacios donde nuestras voces tengan la posibilidad de incidir. Esta convicción nos impulsó a buscar nuevos escenarios para fortalecer nuestro liderazgo y seguir construyendo propuestas desde nuestras propias experiencias. Fue así como conocimos el Hub Conexión Juvenil, una plataforma que articula organizaciones y actores de distintos sectores para fortalecer el bienestar de las juventudes en Colombia. Allí encontramos un espacio para poner en común experiencias, aprendizajes y conocimientos de diferentes territorios y, desde la Mesa de Salud Mental y Bienestar, profundizar en los desafíos que enfrentan las juventudes alrededor de su bienestar emocional y comunitario.
Este proceso dio lugar al Cuaderno de aprendizajes y buenas prácticas para fortalecer la Salud Mental Juvenil en Colombia, un producto que reúne aprendizajes, experiencias y prácticas desarrolladas por organizaciones en diferentes regiones del país, al tiempo que presenta desafíos y oportunidades para seguir fortaleciendo el bienestar de las juventudes. Más que recoger experiencias, el Cuaderno busca poner ese conocimiento en circulación, visibilizar lo que ya se está haciendo desde los territorios y ofrecer referentes que puedan ser adaptados y replicados en otros contextos. Para nosotros, este producto representa una muestra de lo que puede lograrse cuando las voces de los jóvenes, las organizaciones y otros actores se encuentran para construir conocimiento y convertirlo en una herramienta que pueda contribuir a transformar las realidades de las juventudes.
Como lideresa es importante para mí dejar un legado a los jóvenes de mi territorio que sepan que son importantes y que es nuestra responsabilidad dejar una mejor ciudad a los jóvenes que están por venir, que sea un territorio que tengan en cuenta y que siga brindando ese espacio seguro, donde podamos ser vulnerables y un poquito más humanos, manteniendo una red de apoyo para cualquier joven que lo necesite.