Sebastián Manotas Garrido
Líder juvenil
/ @sebastianmanotas
Vendo sopa de letras: de costilla, mondongo, menudencia, coroncoro.
¿En cuánto tiene la de menudencia? Tengo de dos mil, tres mil y la de coroncoro que es a siete mil. Deme una de menudencia. ¿Quiere la patica o el pescuezo? Deme la patica porque el pescuezo pela la lengua y deme el vuelto porque no vaya a ser que me llamen.
Esta conversación abierta llegó a mis oídos mientras esperaba mi turno para unas tomas de sangre y leía el último ensayo de Dario Amodei. Justamente Amodei repasaba sus preocupaciones sobre los riesgos de la IA y exaltaba las virtudes que pronosticaba en la powerful-AI que se imagina. Sorprendentemente esta IA superaría las capacidades intelectuales de los Nobel en distintas áreas, a su juicio.
Pero las virtudes, bastante impresionantes, que listaba el CEO de Antrophic contrastaron con mi realidad inmediata. La señora entró ofreciendo sus productos en una sala de espera que estaba llena de personas impacientes por ser atendidos. Su acción fue impecable, la manera en que rompió la tensión producto de la espera y cómo logró conectar con todos los que ahí estábamos fue sorprendente. De inmediato emprendió un juego de palabras, a propósito que vendía sopa de letras, comenzó a ofrecer sus productos como si un restaurante llegara a cada uno de los allí presentes. Enseguida otras personas le siguieron el juego y ahora el campo semántico había sido, como por gracia divina, inclinado hacia unos términos de referencia nuevos. Ahora las sopas de letras tenían el nombre de una sopa real dependiendo de su precio. Así, la de dos mil era por ejemplo la de menudencia, mientras la de siete mil era la de coroncoro.
Esto me hizo conectar al instante con una pregunta que tenía pendiente por responder. Santiago me había soltado una pregunta irreverente, corta en extensión y larga en significado. Quería escuchar mi apreciación a cerca de si la inteligencia artificial es humana. Ya venía pensando la respuesta; pero, así como lo explica Steven Johnson en su libro Where good ideas come from: las ideas más que ser un acto de revelación o eureka, son un pálpito, una voz baja en nuestro subconsciente que se alimenta de la información que día a día procesamos y va tomando forma hasta alzar su volumen.
En ese sentido, responderé de manera corta y tajante diciendo que la inteligencia artificial no es humana. Será mi respuesta corta. Sin embargo, esto tiene sus matices, los cuales pretendo exponer en mi respuesta larga.
(...) es cada vez más complicado diferenciar entre algo que proviene de una IA o de un humano. Pero aún así, apelaría a que la fibra social y el sentir humano es algo que tenemos solo nosotros, esa capacidad de conectar, y no por bluetooth o wifi, sino como humanidad.
En principio, decir que la inteligencia artificial es humana, sería contradecirse en términos, en cuanto algo que es artificial no puede ser humano, al menos no es naturalmente humano. Sin embargo, pongamos en perspectiva esta cuestión y propongo verlo desde un lente constructivista. En ese orden de ideas, la interacción humano-máquina podría darnos una visión distinta y de acuerdo con cómo interpretemos esa relación, podrían atribuirse aspectos humanos a la IA. Lo ilustraré con un ejemplo sencillo y es que la mayoría nos referimos a la IA como si habláramos con otro humano e incluso con las nuevas funciones de voz pretendemos tener conversaciones en las que hay interlocución.
También es interesante la idea que propone Ethan Mollick, cuando menciona que en parte la IA si tiene algo de humano en cuanto se alimenta de nuestros datos y que están permeados por la experiencia humana. He aquí los matices que producen un desenfoque sobre la respuesta corta. Por esta razón, quiero finalizar exponiendo por qué a pesar de que la IA está permeada por lo humano y en las interacciones la percibimos humana, esta no lo es.
Pensemos en dos casos. El primero son nuestras mascotas o los animales que el ser humano ha domesticado. Varias de las personas que conviven con animales domesticados proyectan en ellos humanidad: los tratan como hijos, les hablan como a un humano e incluso les dan nombre y personalidad. Sin embargo, eso no los hace humanos.
El segundo tiene que ver con la apertura de este texto y es que la IA podrá tener las capacidades intelectuales superiores a las de la humanidad, pero la fibra social seguirá siendo un reto. Los avances y funciones que las empresas de IA logran día a día, que hacen parecer la IA más a un humano, son cada vez más efectivos en engañarnos. Dicho de otra manera, es cada vez más complicado diferenciar entre algo que proviene de una IA o de un humano. Pero aún así, apelaría a que la fibra social y el sentir humano es algo que tenemos solo nosotros, esa capacidad de conectar, y no por bluetooth o wifi, sino como humanidad. La gracia, la cultura y la vulnerabilidad. Dudo mucho que un robot humanoide con inteligencia artificial pueda entrar a una sala de espera con personas impacientes y conectar de la manera que la señora lo hizo. Aquí el punto ya no es la capacidad de razonar (el conocimiento), es la capacidad de sentir (fibra social).