Juan David García
Exalcalde de Vijes
/ @juandavidgarcia.guerrero
Mi interés por la participación ciudadana comenzó en el barrio. Tenía 14 años cuando se conformó la Junta de Acción Comunal de mi barrio, en Vijes (Valle del Cauca), y surgió la intención de vincular a los jóvenes. Allí empecé como vocal y entendí que participar no consiste solamente en señalar los problemas, sino también en involucrarse para buscar soluciones.
En el colegio Jorge Robledo fui representante estudiantil en distintos grados y, más adelante, personero de la institución. Desde esos espacios trataba de ser una voz para mis compañeros y de llevar ante el rector, la Alcaldía o la Secretaría de Educación asuntos concretos como la falta de profesores, los pupitres, la accesibilidad y las condiciones de la jornada escolar.
Después participé en las elecciones juveniles y fui elegido consejero de juventudes a los 17 años. Más adelante, a los 18, llegué al Concejo Municipal de Vijes y, años después, a los 26, a la Alcaldía. Fue un proceso que se construyó de manera gradual, a partir de distintos espacios de participación y del acompañamiento de muchas personas.
Mi experiencia me ha mostrado que una de las principales barreras que enfrentan los jóvenes es la falta de confianza. Con frecuencia se considera que, por nuestra edad, no tenemos experiencia, somos inmaduros o carecemos de las capacidades necesarias para asumir responsabilidades importantes. Esa desconfianza no desaparece con los discursos. Se enfrenta con formación, trabajo constante y disposición para responder por las decisiones que se toman. También exige reconocer que ningún liderazgo se construye solo: detrás de cada proceso hay comunidades, equipos, organizaciones y personas que abren espacios, acompañan y ayudan a sostener el trabajo.
Siempre he dicho que fui un joven rebelde, pero con el tiempo entendí que la rebeldía necesitaba una causa. No bastaba con exigir. También era necesario aportar y hacer parte de la solución. Ese convencimiento fue lo que me impulsó a permanecer en los espacios de participación.
Los primeros espacios de participación son una escuela. El reto es que esos procesos no se queden allí, sino que puedan crecer y asumir nuevas responsabilidades.
Cuando un joven se involucra en su comunidad, aprende a conocer de cerca sus necesidades. Entiende qué ocurre en las instituciones educativas, en los barrios y en el municipio. También descubre que los problemas sociales no siempre tienen respuestas inmediatas, pero que una acción pequeña puede hacer visible una necesidad, movilizar a otras personas o abrir el camino hacia una solución. Por eso, el liderazgo juvenil requiere disciplina, capacidad de escucha y sensibilidad frente a los problemas sociales. También exige compromiso. Este trabajo puede producir frustración, porque no siempre es posible resolverlo todo. Aun así, cada aporte puede contribuir a que una dificultad sea reconocida y atendida.
Los jóvenes tenemos un papel importante en las decisiones que afectan a nuestras comunidades. Participar no significa desplazar otras voces, sino garantizar que la juventud también esté presente en los lugares donde se define el rumbo de los territorios. Las instituciones tienen una responsabilidad en ese proceso. Los gobiernos municipales, departamentales y nacionales deben abrir espacios reales de participación, escuchar a los jóvenes, descentralizar sus acciones y cumplir la legislación relacionada con las juventudes. Los consejos de juventud no pueden convertirse en figuras decorativas: deben ser escenarios de diálogo e incidencia.
También es necesario visibilizar los liderazgos que nacen desde las bases y no solamente aquellos vinculados con la política tradicional. Hoy las redes sociales pueden ayudar a mostrar una necesidad, una acción comunitaria o un proyecto y, a partir de allí, motivar a otras personas a participar.
Uno de los retos más difíciles que enfrentamos durante mi paso por la Alcaldía fue la pandemia. No existía un manual que indicara con exactitud cómo responder a una emergencia de esa magnitud. Las decisiones tuvieron que tomarse en medio de la incertidumbre y con la responsabilidad de atender a una comunidad que necesitaba orientación y respuestas.
También fue necesario construir confianza. No bastaba con decir que un equipo joven tenía capacidades. Había que responder con trabajo, asumir las consecuencias de las decisiones y escuchar a la comunidad. Ese proceso no dependió de una sola persona, sino de quienes hicieron parte de la administración y de los distintos sectores del municipio.
Mi recorrido comenzó en las aulas y en el barrio, pero solo pudo avanzar gracias a las personas y comunidades que abrieron espacios, acompañaron el proceso y confiaron en un liderazgo joven. Por eso necesitamos tomar en serio estos primeros escenarios de participación. Con oportunidades, formación y responsabilidades reales, pueden convertirse en procesos capaces de incidir en las decisiones y aportar a los territorios.