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Cali, Valle del Cauca

Cuando incomodar también es cuidar  

Créditos de la fotografía: Andrea Borrero

Cuando incomodar también es cuidar  

Andrea BYN ALTAVOZ

Andrea Borrero

Líder juvenil

/ @andreaborrerosaa, @noseaceptanpiropos

Hace unos días estaba hablando con mi mamá y, en medio de esa conversación que empieza ligera y termina pesando más de lo que una espera, me salió una pregunta que no he podido sacarme de la cabeza: ¿hasta cuándo vamos a tener que seguir viviendo así? 

Se vienen elecciones. Se viene el 8 de marzo. Y hay algo extraño en que ambas cosas coincidan, porque mientras pensamos en salir a marchar, en encontrarnos con amigas, en volver a nombrar lo que duele, también tenemos que decidir qué país queremos sostener con nuestro voto. Todo eso ocurre en un mundo que, una y otra vez, demuestra que el poder sigue encontrando maneras de protegerse a sí mismo. 

Leemos sobre los archivos de Jeffrey Epstein y lo que aparece no es solo el nombre de un hombre, sino la confirmación de algo que ya sabíamos: el dinero y las redes correctas siguen siendo un escudo más fuerte que la verdad de las víctimas. Miramos lo que ocurre en Afganistán y vemos cómo la vida de las mujeres puede reducirse, sin pudor, a una discusión sobre permisos y prohibiciones, como si existir fuera una concesión. Y aquí, en América Latina, seguimos despertando con noticias que ya ni siquiera sorprenden: otra mujer asesinada, otra denuncia ignorada, otra familia rota. 

A veces lo que más agota no es la violencia en sí, sino la normalidad con la que aprendimos a convivir con ella. 

Por eso me cuesta hablar del 8M como si fuera solo una fecha conmemorativa. No todas lo vivimos igual y eso es importante decirlo sin miedo a incomodar. La idea de interseccionalidad, planteada por la jurista Kimberlé Crenshaw, nos dio un lenguaje para explicar algo que muchas ya sentíamos en el cuerpo: las opresiones no llegan de una en una, se entrecruzan, se superponen, se refuerzan. No es lo mismo marchar cuando tu piel, tu clase social o tu identidad de género te han protegido de ciertas violencias, que hacerlo cuando tu cuerpo ha sido históricamente cuestionado, vigilado o deshumanizado. 

A veces lo que más agota no es la violencia en sí, sino la normalidad con la que aprendimos a convivir con ella. 

— Andrea Borrero

Yo escribo esto sabiendo que también estoy atravesada por contradicciones. Soy una mujer gorda, feminista, latina; he tenido acceso a espacios que otras no, y al mismo tiempo sé lo que significa que tu cuerpo sea leído como algo que debe corregirse. Hablo desde ahí, no desde una neutralidad imposible. Y quizá por eso me permito decir algo que a veces cuesta admitir en voz alta: estoy cansada. 

Cansada de que todavía haya que explicar que el feminismo no es odio, que no se trata de invertir jerarquías sino de desmontarlas. Cansada de ver cómo cada ganancia viene acompañada de un intento de retroceso, como si los derechos fueran préstamos temporales y no garantías básicas. Cansada de que el dolor tenga que convertirse en cifra para que alguien lo tome en serio. 

Pero el cansancio no es sinónimo de derrota. Más bien es una señal de que hemos estado empujando algo que se resiste a cambiar. Nos agotamos porque acompañamos, porque escuchamos, porque sostenemos redes que muchas veces reemplazan al Estado, porque seguimos creyendo que otra forma de organizarnos es posible incluso cuando el contexto insiste en lo contrario. 

Tal vez por eso este 8 de marzo no puede reducirse a la marcha ni a la consigna. Votar también es una forma de cuidado. No porque las urnas lo solucionen todo, sino porque la violencia contra las mujeres no es un asunto privado ni un “tema sectorial”: es un problema democrático. Es preguntarnos qué liderazgos estamos dispuestas a respaldar, qué discursos normalizamos, qué políticas públicas consideramos negociables. 

El mundo nos ha mostrado con suficiente claridad que nada está garantizado para siempre. Que los derechos pueden retroceder. Que quienes concentran poder rara vez lo ceden sin presión. Y, sin embargo, también nos ha mostrado que las transformaciones profundas casi siempre comenzaron con mujeres que se negaron a aceptar el lugar que les habían asignado. 

Hace algunos años decidí crear No Se Aceptan Piropos porque entendí que las violencias no empiezan en los extremos más visibles, sino en lo cotidiano, en lo que muchos llaman “halago” y otras reconocemos como invasión. El proyecto nació del deseo de nombrar lo que incomoda y de recordarnos que lo personal nunca ha sido ajeno a lo político. No surgió del resentimiento, como a veces intentan caricaturizar, sino de una apuesta por el cuidado y por la conversación incómoda que abre posibilidades. 

Quizá eso es lo que intento sostener hoy: que la rabia es legítima, pero no es lo único que nos mueve. Que podemos estar agotadas y aun así elegir no endurecernos. Que marchar y votar el mismo día puede ser una forma de insistir en que no queremos sobrevivir a medias, sino vivir con dignidad completa. 

No tengo respuestas definitivas para la pregunta que le hice a mi mamá. No sé cuánto tiempo más tendremos que insistir. Lo que sí sé es que rendirse no es una opción cómoda cuando sabes que detrás de cada cifra hay una historia concreta, un nombre propio, una ausencia. 

Tal vez la esperanza no sea optimismo ingenuo, sino una decisión política. Y quizá, en tiempos como estos, decidir seguir es en sí mismo un acto de rebeldía.