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Cartagena, Bolívar

Cartagena en tacones: ser y existir desde la disidencia sexual

Créditos de la fotografía: Karen Naundorf

Cartagena en tacones: ser y existir desde la disidencia sexual

KIARA AV

Kiara Romero Díaz

Líder juvenil

kiararomerod1@gmail.com / @valentinadiaz.x

En Cartagena el sol no solo calienta la piel, también enciende los cuerpos que deciden resistir. Aquí, donde el Caribe suena a tambor y a brisa salada, también se escucha el eco de tacones que marcan territorio, de pasos que dicen: “Aquí estamos, de aquí somos y aquí nos quedamos”. En esta ciudad de contrastes, el ballroom se ha convertido en un espacio de resistencia y sanación: un refugio donde las cuerpas disidentes se encuentran, se nombran y se reconstruyen desde el arte.

Mi primer acercamiento al ballroom fue gracias a mi hermana Queen Orion (Sary), quien, junto a su colectivo Voguea en el Aleteo, lideró un proyecto llamado Tur Voguea en el Aleteo. A través de él conocí las raíces de esta cultura: sus categorías, su historia, sus luchas. Entendí que el ballroom es negro, transmarikón y profundamente político, porque fue creado por personas trans negras que encontraron en el baile una forma de existir cuando el mundo les negaba todo. En sus orígenes, el ballroom fue casa, abrigo y familia para quienes habían sido expulsadas de sus hogares por amar distintxs, por ser distintxs, por soñar distintx.

Por eso, cada vogue, cada runway, cada lip sync es un acto de memoria. Habitar ballroom es reconocer esa herencia y ser cuidadosxs de no borrar ni irrespetar su esencia. Es entender que la cultura no se copia ni se trivializa, sino que se honra. Y también que el brillo, las plumas y los aplausos esconden detrás un proceso de duelo, de dolor, de lucha. Ballroom es una escuela de libertad, pero también de conciencia: allí se aprende a mirar al otrx con respeto, a comprender la historia que hizo posible que hoy podamos existir con orgullo.

Aunque no soy lideresa dentro del ballroom, este espacio ha sido clave para comprender mi propia lucha fuera de él. Mi activismo nace en otros territorios, especialmente en los espacios educativos, donde ser una chica trans aún se vive como una batalla constante contra la violencia simbólica, la discriminación y el estigma. En la universidad he aprendido que muchas veces no basta con ser buena estudiante o tener talento; a veces toca explicar, una y otra vez, que mi existencia también merece respeto.

Ser mujer trans, para mí, es rebelarse ante un CIStema machista, opresor y misógino que dicta cómo debemos vernos, comportarnos o sentir. Es comprender el cuerpo que habito y el lugar que ocupo en la sociedad; es ser una cuerpa en fuga de la violencia estética que impone cómo debe lucir una mujer y del discurso biologicista que intenta definirnos desde lo que no somos. Ser trans es aprender a habitar el margen y convertirlo en trinchera. Es resistir desde el autocuidado, desde la ternura, desde la posibilidad de construir una vida propia en medio del ruido.

Ser trans, en Cartagena, es también un acto de coraje cotidiano. Es caminar por calles donde muchas veces no se nos mira con empatía, donde la diferencia se sigue confundiendo con amenaza. Pero también es encontrar fuerza en los afectos, en lxs otrxs, en quienes comparten este camino. En ese sentido, el ballroom se vuelve un espejo y un respiro: nos recuerda que el arte puede ser refugio, pero también revolución. Que los cuerpos que bailan, que brillan, que se muestran, también están sanando las heridas que deja una sociedad que no siempre nos abraza.

Desde esa necesidad de crear espacios propios y seguros nace mi proyecto Transgrediendo Vidas (TRAVI_CTG), un espacio que cofundé junto a mi hermana Diva Curdis. Es un colectivo joven que busca sanar desde el arte, la salud mental y los derechos humanos. Con Diva soñamos con construir espacios de diálogo, de aprendizaje y de acompañamiento; lugares donde otras chicas trans puedan sentirse seguras, donde puedan reconocerse sin miedo, donde la palabra identidad no sea una carga, sino una celebración. Transgrediendo Vidas me ha enseñado que resistir también es cuidarse y que el arte puede ser una herramienta de transformación emocional y social.

In TRAVI hemos aprendido que sanar es un proceso político: que la salud mental de las personas disidentes sexuales y de género no puede separarse de las violencias estructurales que enfrentamos. Que cada abrazo, cada conversación, cada taller artístico o encuentro colectivo también son formas de reparación. Soñamos con que nuestras experiencias sirvan para construir una Cartagena más empática, donde la diversidad no sea motivo de exclusión, sino de aprendizaje.

Aunque no soy lideresa dentro del ballroom, este espacio ha sido clave para comprender mi propia lucha fuera de él. Mi activismo nace en otros territorios, especialmente en los espacios educativos, donde ser una chica trans aún se vive como una batalla constante contra la violencia simbólica, la discriminación y el estigma.

— Kiara Romero Díaz

El ballroom, en todo esto, ha sido una escuela de amor propio, comunidad y resistencia. Me ha permitido conocer personas maravillosas, con historias distintas pero con una misma necesidad: existir desde la libertad. En sus eventos se mezclan la rabia, el gozo, la memoria y la esperanza. Es un territorio donde la disidencia no se esconde: se baila. En cada competencia hay algo más profundo que una categoría o un trofeo (GP): hay una declaración de vida. Cada movimiento es un manifiesto, cada pose un recordatorio de que seguimos aquí, que nadie ha podido borrarnos.

Y cuando algo no sale como espero, cuando la vida me pone en pausa o me muestra un camino incierto, recuerdo una frase que me acompaña desde siempre: “El chop de hoy son los teens del mañana”. Palabras de mi hermana Queen que me recuerdan que los tropiezos también son parte del crecimiento, que cada caída es un ensayo para seguir brillando, para seguir creando, para seguir siendo. Esa frase la llevo conmigo en los días difíciles, cuando el cansancio o la frustración aparecen, porque me recuerda que incluso las pérdidas pueden transformarse en impulso.

Porque el ballroom no solo me ha mostrado la belleza del movimiento, sino también la fuerza de la comunidad. En cada performance, en cada mirada cómplice, en cada historia compartida, he encontrado sanación. Allí, donde la música sube y los cuerpos se encienden, también se tejen lazos, se construyen redes, se curan heridas antiguas. El ballroom me enseñó que sanar no siempre es silencio: a veces también es ruido, brillo y movimiento.

Y en cada paso que doy, reafirmo que existir desde la disidencia en Cartagena es un acto de amor y de resistencia. Caminar en tacones sobre estas calles no es solo una declaración estética: es una forma de decirle al mundo que seguimos aquí, vivas, dignas y libres. Que resistir también puede ser hermoso, que sanar también puede ser colectivo, y que el Caribe también puede ser un lugar para todxs lxs identidades que se atreven a florecer, incluso cuando nadie les espera.