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Santander de Quilichao, Cauca

Del entusiasmo al derecho de reinventarse

Créditos de la fotografía: Despacio

Del entusiasmo al derecho de reinventarse

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Kevin Alejandro Agrono

Líder comunitario

/ @alejandro_agrono

Las elecciones de los Consejos Municipales de Juventud en 2021 representaron un hecho histórico en Colombia y, particularmente, en Santander de Quilichao. Por primera vez, miles de jóvenes fueron convocados a elegir y a ser elegidos en un espacio autónomo de representación política, un escenario que se presentó como la gran oportunidad para demostrar que la juventud podía incidir de manera directa en la vida democrática local. El entusiasmo era evidente: en calles, colegios, barrios y veredas se escuchaba hablar del CMJ como una posibilidad nueva de participación, un canal para que las nuevas generaciones fueran protagonistas de los cambios que siempre habían reclamado.

No obstante, a cuatro años de esa jornada histórica, la realidad muestra un panorama diferente. El entusiasmo inicial se ha diluido y lo que en un comienzo parecía una puerta abierta al protagonismo juvenil terminó convirtiéndose en un espacio con escaso impacto, poco reconocimiento ciudadano y múltiples limitaciones para cumplir con lo que prometía. Desde 2023 se ha evidenciado una disminución en la representación y en el interés de los jóvenes por sostener los procesos que en su momento nacieron con fuerza. Este fenómeno no puede explicarse simplemente con la idea de que “las juventudes son indiferentes” o que “ya no quieren participar”. La raíz del problema es más profunda y tiene que ver con el poco involucramiento de las juventudes en las decisiones que afectan su futuro y la ausencia de escenarios de encuentro que permitan a las juventudes reconocerse entre sí, compartir agendas comunes y fortalecer la acción colectiva.

La Plataforma Municipal de Juventud, que debería ser el espacio para reunir a los colectivos juveniles, se ha visto debilitada. Las reuniones se han vuelto esporádicas o no se han realizado, y carecen de la fuerza necesaria para influir en la política local. El Consejo Municipal de Juventudes, por su parte, no ha logrado posicionarse como un interlocutor de peso frente a la administración municipal, ni como un referente sólido para los jóvenes de los barrios, veredas y corregimientos. La falta de visibilidad, la débil articulación con las instituciones y las dificultades para consolidar proyectos concretos han llevado a que muchos jóvenes sientan que este espacio no cumple con las expectativas generadas en 2021.

Las consecuencias de este deterioro son evidentes: una juventud fragmentada, con menos oportunidades de participación organizada y con la sensación de que su voz no tiene eco en las decisiones municipales. El riesgo de este desencanto es que se profundice la desconfianza en lo institucional y que los jóvenes se alejen aún más de los espacios de representación, perpetuando la idea de que “la política no sirve”.

La democracia local no puede darse el lujo de excluir a sus jóvenes.

— Kevin Alejandro Agrono

Sin embargo, esta lectura no debe quedarse solo en el desencanto. También es necesario reconocer que el primer ciclo del CMJ en Santander de Quilichao, aunque limitado en resultados, dejó aprendizajes valiosos. Los consejeros salientes cargaron sobre sus hombros la responsabilidad de abrir un camino que nunca antes había sido transitado. Se enfrentaron a retos logísticos, políticos e institucionales para los que no había manual previo. Su experiencia, con aciertos y errores, constituye hoy un insumo fundamental para repensar la participación juvenil en el municipio.

De cara al nuevo periodo que inicia, hay un margen de esperanza. Los próximos cuatro años pueden significar un renacer para la participación juvenil si se logran aterrizar las expectativas y aprovechar lo aprendido. Ahora sabemos qué puede y qué no puede hacer un/a consejero/a, cuáles son los límites del cargo y dónde están las oportunidades reales de incidencia. Esa claridad es un punto de partida para que los nuevos y nuevas representantes lleguen con ideas más concretas, estrategias más realistas y propuestas que respondan a las verdaderas necesidades de las juventudes quilichagueñas.

El reto es grande: se trata de recuperar la confianza perdida, de demostrar que el CMJ no es un adorno ni un escenario simbólico, sino una plataforma con capacidad de generar cambios reales. Para lograrlo, será clave fortalecer la articulación con la Plataforma de Juventud, reactivar los espacios de encuentro, garantizar que la administración municipal abra canales efectivos de diálogo y promover que los colectivos juveniles vuelvan a encontrarse en torno a proyectos comunes.

La juventud de Santander de Quilichao no es indiferente ni apática. Por el contrario, ha demostrado en innumerables ocasiones su capacidad de organización en procesos culturales, sociales, comunitarios y ambientales. El problema no está en la falta de interés, sino en la falta de escenarios y garantías para que ese interés se convierta en incidencia. Los nuevos consejeros tienen en sus manos la posibilidad de demostrar que este espacio puede ser distinto, que la participación juvenil no tiene por qué reducirse a un ejercicio testimonial. La historia reciente mostró los vacíos, pero también dejó lecciones. Ahora corresponde a la nueva generación de representantes transformar esas lecciones en oportunidades.

La democracia local no puede darse el lujo de excluir a sus jóvenes. Una sociedad que no escucha a su juventud se condena a repetir los mismos errores con las mismas voces de siempre. La invitación es a que, en este nuevo ciclo, Santander de Quilichao se atreva a confiar en sus juventudes, abrirles espacios reales y permitirles ser protagonistas de su propia transformación. Porque los jóvenes no somos solo el futuro: somos el presente que se niega a renunciar a su derecho a participar y transformar.